Y si el mal que sientes viniera porque miras atras...
"Ni el futuro ni el pasado existen, y no se puede propiamente decir: hay tres
tiempo: pasado, presente y futuro; Más bien, en propiedad debería afirmarse: los
tiempos son tres: un presente de lo pasado, un presente de lo presente, un
presente de lo futuro. En efecto, estos tiempos son una especie de trinidad en
el Alma y yo no los veo fuera de ella, donde el presente de lo pasado es el
recuerdo, el presente de lo presente el momento, y el presente de lo porvenir la
espectativa "


San Agustín

miércoles, 4 de febrero de 2009

Terapia alternativa iraní

El azafrán, antídoto ideal para curar depresiones

El azafrán es eficaz en el tratamiento de la sintomatología de la depresión y ansiedad. Así lo demuestran varios estudios realizados recientemente por científicos de la Universidad de Ciencias Médicas de Teherán (Irán).

Las diferentes investigaciones demostraron que ayuda a reducir los cambios leves o moderados de humor, la irritabilidad, los estados de tristeza o euforia, la melancolía, las alteraciones cíclicas del estado de ánimo, la intranquilidad o desasosiego, la pérdida de ilusión por las cosas cotidianas, la pérdida de apetito y alteraciones del sueño.
Concretamente uno de los estudios mencionados, publicado recientemente en la prestigiosa revista científica 'Progreso en Neuropsicofarmacología & Psiquiatría Biológica', compara el principio activo del azafrán con la fluoxetina, utilizada en el 'Prozac' de Lilly.

Asimismo, un segundo estudio lo comparó con el uso de la imipramina en el tratamiento de la depresión leve a moderada, y también demostró su efectividad como terapia alternativa.
Este hallazgo ha sido aprovechado por el laboratorio Narval Pharma que, tras 6 años de estudios, ha conseguido sintetizar el primer complemento alimenticio a base de azafrán.

Así, el laboratorio venderá a partir de ahora, en farmacias y sin receta médica, 'Azafrán' como complemento nutricional, es decir como un producto nutracéutico con acción terapéutica.


3/2/2009

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miércoles, 28 de enero de 2009

Depresión y Duelo XV

Duelo y soledad

Duelo: los síntomas del duelo (aflicción), y de depresión tienen mucho en común; en realidad, pueden llegar a ser difíciles de distinguir. El duelo, sin embargo, se considera como una respuesta emocional saludable e importante para afrontar una pérdida, y generalmente sigue el siguiente curso:
El duelo tiene una duración limitada. En las personas sin ningún trastorno emocional coexistente, la aflicción acostumbra a durar entre tres y seis meses.
La persona afligida típicamente sufre una sucesión de emociones que incluyen shock y negación, soledad, desesperación, alejamiento social y rabia.
El período de recuperación que sigue al proceso, durante el cual el individuo vuelve a integrarse a la vida, dura aproximadamente el mismo período de tiempo que el ciclo de aflicción.
Sin embargo, si el dolor es aún agudo después de este período, puede afectar a la salud de la persona o aumentar el riesgo de convertirse en depresión. Algunos expertos sugieren que este estado de duelo persistente puede categorizarse como un diagnóstico psicológico separado denominado trastorno aflictivo complicado, que estaría relacionado con el síndrome de stress post-traumático y requerir tratamiento especial.

Soledad: la soledad, como el duelo, es una condición que puede ser confundida a menudo con la depresión. De hecho, dado que la soledad y la depresión van muy frecuentemente cogidas de la mano, muchos expertos creen que las personas con soledad deben ser tratadas como si sufrieran depresión. Por supuesto, cada persona sufre soledad de tanto en tanto, pero la soledad debilitante se caracteriza por una sensación de miseria, de desesperanza y por unas expectativas de la vida poco realistas, y por sentirse marginado de los demás. Las personas tímidas pueden tener cierta predisposición a tener sentimientos de soledad. La psicoterapia de diferentes tipos puede ayudar a orientar y superar la soledad.


http://www.mailxmail.com/curso/vida/depresion/capitulo3.htm

Depresión y Duelo XV

El duelo
Podemos definir el duelo como una reacción o proceso emocional por el que atraviesa un sujeto ante la muerte de un ser querido.

YOLANDA BARBERÁN / MUJERACTUAL

Lo cierto es que cuando muere una persona muy cercana a nosotros esto nos genera estrés, pues bien, para atravesar este síndrome de adaptación surge el denominado período de duelo. El síntoma más característico tras la pérdida del ser querido y el más habitual es la tristeza, esto es algo perfectamente normal, siempre dentro de unos límites establecidos, pues una reacción excesivamente depresiva e intensa puede dar lugar a lo que se conoce con el nombre de duelo patológico.
Los pacientes de enfermedades terminales también sufren el proceso de duelo, pues sienten o sufren la vivencia de la perdida de sí mismos. El duelo atraviesa distintas fases desde que el individuo se entera de la enfermedad que padece hasta que la acepta o llega a su fin.

Fases del duelo
Fase de negación El paciente no admite la idea de la muerte, llegando a negar incluso la enfermedad diagnosticada por el médico.
Fase de ira El paciente admite la enfermedad, se da cuenta de que ésta avanza y no se cura. Es una fase de protesta y de resentimiento, el sujeto se pregunta ¿por qué ha tenido que tocarme a mi?. Se denomina fase de ira porque el paciente proyecta toda su ira en su entorno inmediato.
Fase de negociación El paciente ya ha aceptado la idea de la muerte y está dispuesto a cualquier cosa con tal de que su médico le ayude y le salve.
Fase de depresión Aparece cuando el paciente se da cuenta de que realmente se encuentra en la etapa final de su vida.
Fase de aceptación Suele aparecer al final de la vida, el paciente ya ha dejado de luchar, y aunque normalmente le acompaña un sentimiento de tristeza, también siente un inmenso deseo de paz y tranquilidad.
Estas son las cinco fases habituales del duelo, hay que mencionar que unas pueden ser más largas que otras e incluso existen pacientes o familiares que pueden saltarse alguna de ellas.

El duelo patológico En líneas muy generales podemos decir que el proceso de duelo oscila entre dos meses y un año, un período superior de tiempo ya sería considerado como duelo patológico. Éste suele caracterizarse por los siguientes síntomas:
Sentirse inútil y desamparado tras la perdida del ser querido. Sentirse culpable por la herencia recibida de la persona fallecida. Tener pensamientos obsesivos con la muerte, como deseos de morir. Tener experiencias alucinatorias con el fallecido, como sentir su voz o incluso ver su imagen (aunque sea de manera fugaz). Aferrarse a la idea de que la persona fallecida aún permanece entre los vivos de forma obsesiva y permanente, negando la realidad o no queriendo aceptar la idea de que el ser querido ha muerto.

Lamentablemente existen personas con tendencia a culpabilizarse inconscientemente y que reaccionan ante la pérdida con autoreproches excesivos e injustificados. En estos casos el duelo patológico puede prolongarse durante años, e incluso no llegar a concluir.

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Depresión y Duelo XIII

"Pérdida, pena y duelo" de Jorge L. Tizón, Ed. Paidós.
FUENTE: PSIQUIATRIA.COM. 2004;:14-OCTUBRE.
[noticias] [14/10/2004]

¿Por qué sufrimos tanto cuando perdemos a un padre, una madre, un hermano, una pareja, una aspiración o un ideal? Es más, ¿vale la pena tanto sufrimiento? ¿Ayuda al crecimiento, al desarrollo, a la vinculación entre los seres humanos? ¿O más bien es un sufrimiento inútil, que hay que acortar, reducir, desviar o eliminar? ¿Y qué repercusiones tiene ese sufrimiento sobre el desarrollo de los niños, los adultos, las familias y las sociedades? Por ejemplo: ¿qué repercusiones pueden tener las pérdidas afectivas de las migraciones, o las muertes continuadas en catástrofes, guerras, terrorismo, genocidios? El primer objetivo de esta obra es ayudarnos a reflexionar sobre la importancia de esos temas. Una importancia crucial no tan sólo para los individuos directamente afectados, para los deudos, sino también para sus allegados y sus sociedades. Tanto la creatividad humana como la psicopatología están vinculadas con tales procesos y situaciones. ¿Qué podemos hacer como congéneres, como familiares, como allegados o como conocidos por ayudar a los seres que están sufriendo esos procesos? ¿Cómo pueden ayudar los profesionales a los niños y adultos que han perdido seres, objetos o ideales significativos para ellos? ¿Qué decir, qué hacer, cómo hablarles, cómo tratarles? Proporcionar ideas al respecto es el segundo objetivo general de este libro. Jorge L. Tizón es psiquiatra, psicólogo y psicoanalista. También es profesor de los Máster de Psicopatología y Psicoterapia del Instituto de Salud Mental de la Fundació Vidal i Barraquer (Universidad Ramon Llull), donde imparte la asignatura Duelo y Psicopatología. Entre sus libros más conocidos se hallan Apuntes para una psicología basada en la relación, Componentes psicológicos de la práctica médica, Protocolos y programas elementales para la atención primaria a la salud mental y Migraciones y salud mental.

http://www.psiquiatria.com/noticias/depresion/diagnostico/19440/?

Depresión y Duelo XII

Pérdidas, duelo y pena

Otro grupo de conceptos de utilidad especial en la ayuda de situaciones de tragedias y muertes consiste en los de pérdida, duelo y pena. Los últimos dos casi siempre hacen referencia a la reacción que produce la pérdida, en especial si se trata de la muerte de alguien importante en la vida emocional de la persona. El análisis de la pérdida suele enfocarse en la muerte, pero puede abarcar la destrucción de bienes materiales o el desempleo repentino; la disfunción física, social o psicológica, o la separación respecto de los seres amados. El duelo y pena, por lo tanto, son procesos emocionales que se derivan de la experiencia de pérdida, de manera que los afectados suelen experimentar un proceso de duelo y pena.

Entre muchos otros profesionales, Kübler-Ross ha llamado la atención acerca de la muerte y la reacción psicológica a la misma. Los individuos que enfrentan la inminencia de su propia muerte o la de personas cercanas a ellos pasan por un proceso de cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación (Kübler-Ross, 1976). Se ha dicho que estas etapas no siempre ocurren y que tampoco lo hacen invariablemente en un orden específico; antes bien, las etapas que ocurran y su orden están sujetos a influencia importante de la personalidad y actitud general de la persona hacia la vida (Scheidman, 1976).

Los procesos de duelo y pena, a veces denominados conjuntamente con el término luto, abarcan elementos cognoscitivos y es frecuente que se expresen mediante síntomas físicos y psicológicos. Se inician con el reconocimiento y aceptación de la pérdida. El individuo necesita aceptar la realidad no sólo intelectual sino también emocional mente. Cuando sólo ocurre la aceptación intelectual, las probabilidades de inadaptación emocional son mayores. El proceso de duelo hace que la persona pase sucesivamente por los estados de choque emocional, aflicción aguda y resignación. En el camino, suele padecer molestias físicas o volverse más suceptible a las enfermedades; quizá se retraiga y se vuelva apático, es factible que exprese mayor hostilidad hacia los demás o puede aislarse por completo (Lindemann, 1944).

La descripción de la conducta de luto de las víctimas después del incendio del club nocturno Coconut Grove de Boston, en 1942, muestra muchos aspectos de la conducta que se advierte en los refugios y viviendas temporales después de un desastre que origina pérdidas considerables. Por ejemplo, una reacción predominante es la defensa intensa de la negación, es decir, las víctimas parecen preocuparse por actividades o conversaciones que no abarcan la mención de la pérdida sufrida. Esta reacción tardía al parecer facilita la resolución de emociones incontrolables. Otro ejemplo es el siguiente:
La conducta de la señora S., mujer de 29 años que perdió a su prometido un mes antes de casarse, ejemplifica la reacción tardía de defensa. Un temblor de tierra hizo que cayera un techo y diera muerte a su futuro esposo. La víctima se convirtió en ayudante de la enfermera en jefe del refugio en el área de desastre y se ocupó de mantener en orden la farmacia. Movía los frascos y recipientes de píldoras de una repisa a otra, ordenaba los suministros de primeros auxilios y hacía largas listas de los artículos que se tenían en existencia y los que era necesario reponer. Cualquier mención de su prometido hacia que volteara la cabeza y cambiara el tema; no expresaba signo emocional alguno de su estrés. o tristeza. Sin embargo, tres semanas después fue vista, deprimida y agitada, en un centro de atención de crisis. Había disminuido de peso, no podía dormir y tenía ideas paranoides leves. Con la orientación adecuada, pudo iniciar la aceptación de su pérdida, los sentimientos ambivalentes que tenía hacia su prometido y la ira que le habla provocado esta experiencia.

Otro autor, Peter Marris, ha descrito estos procesos en forma un tanto diferente. Considera el duelo como la expresión social del luto, que usualmente se manifiesta en los hábitos o rituales religiosos. Describe la pena como la sensación de conflicto intenso entre impulsos contradictorios: la necesidad de conservar todo lo valioso e importante del pasado y al mismo tiempo la de comenzar una vida nueva, aceptando la pérdida sufrida. Si el proceso de pena se interrumpe con demasiada prontitud en la búsqueda de reajuste y reintegración inmediatos, o si se continúa en forma interminable con una preocupación incesante por lo perdido, el doliente quizá nunca se recupere emocionalmente. La pena se domina al abstraer lo que reviste importancia fundamental en el sujeto o persona perdida y después enfrentar la vida y aceptar la nueva realidad (Marris, 1975).

Por lo general, se admite que la pena es un proceso que se inicia con tristeza, temor, angustia e ira; se continúa con dolor y desesperación, y usualmente termina con confianza y esperanza renovadas. Estas fases expresan la necesidad de recuperar el vínculo con la persona o el objeto perdidos, incluyen desorganización personal y desequilibrios emocionales, y concluyen con la reorganización y adaptación (Bowlby, 1961). Cuando se pierde a una persona con la que se tenía un vínculo íntimo, la naturaleza, gravedad y resultado del proceso de pena dependen de muchos factores. Entre éstos, se incluyen la relación que había con la persona perdida; la personalidad, estado de salud y edad del doliente, y su situación social y económica al momento de ocurrir la pérdida (Gut, 1974).

Como se señaló, el duelo y la pena pueden relacionarse con otras pérdidas, además de las derivadas del fallecimiento de una persona. También suele haber una sensación de pérdida como resultado de la incapacidad para lograr objetivos o conservar la libertad o independencia, altamente valoradas. Los sentimientos resultantes de desilusión, privación o fracaso generan fuerzas dinámicas con consecuencias de importancia. Estas suelen contribuir a estados patológicos y afectar los logros de la persona. En este sentido, la pérdida también origina algún tipo de duelo o pena. Por ejemplo, un anciano puede experimentar una sensación intensa de pérdida como resultado de la disminución de su funcionamiento fisiológico en forma relacionada con la edad (Rochlin, 1965).

La pérdida repentina por desintegración o reubicación de familias también origina un proceso de pena y angustia intensa. Un autor señaló que un proyecto de reconstrucción de barrios bajos en Nigeria hizo que las familias sintieran que habían perdido el ambiente conocido de sus barrios y las relaciones sociales que habían trabado a lo largo de los años. La pena fue una reacción común en las personas afectadas (Marris, 1975). Fried hace un señalamiento similar con relación a la ciudad de Boston, donde un grupo de damnificados italoestadounidenses lamentó la pérdida de sus hogares, barrios y vínculos sociales. La familiaridad y estructura de tales vínculos pocas veces se reestablece en un medio nuevo y desconocido, de modo que las personas reubicadas muestran diversos síntomas, incluidos los de ira, sensación de impotencia, trastornos somáticos y tendencia a idealizar la vivienda perdida (Fried, 1963).

Es lógico suponer que todos los damnificados experimentan pérdidas en grado variable. Por supuesto, las más graves consisten en la pérdida de seres amados. El duelo y la pena por esta pérdida se complica con el efecto caótico del desastre, que puede incluir las pérdidas adicionales por destrucción de bienes materiales, reubicación en otra zona y desempleo. Muchos desastres no originan muertes numerosas pero si privan a los damnificados de sus hogares, recuerdos, barrio y fuente de ingresos. En tales casos, cabe esperar que las personas experimenten una sensación profunda de pérdida, que origina el proceso de duelo y pena. Esto se agrava con el saqueo y el vandalismo que suelen seguir al desastre.

http://www.emocionol.com/perdidaduelopena.htm

Depresión y Duelo XI

Cuando los padres se van: un desafío duro para los mayores de 40

Este tipo de sucesos suele afectar muy profundamente a los hijos adultos y, aunque es parte del ciclo de la vida, nadie puede resolverlo sin pasar por un periodo de duelo y tristeza, contando con el apoyo de los seres queridos. Según una investigación reciente, la muerte de los padres es la pérdida de un familiar más frecuente, teniendo en cuenta que cada año el 5% de la población mundial pierde a uno de sus padres y la mayoría de ellos (los hijos) tienen entre 35 y 55 años.
Estas son las personas que sufren hoy el duelo por la pérdida de sus padres...¿Pero por qué se dice que ellos sufren más de lo que se sufría en otras épocas?
La respuesta es que la expectativa de vida es mucho más amplia que en décadas pasadas. Los hijos coinciden mucho más con sus padres y viven muchas más cosas juntos, se relacionan con mayor intimidad
La forma de conocerse y tratarse ha cambiado mucho, y el afecto comenzó a evidenciarse con mucha más claridad. Antes de la década del `40, existía mucho respeto entre padres e hijos y las cosas eran diferentes.
Hoy en día, los padres ya no viven con sus hijos adultos y, a diferencia de generaciones pasadas, no necesariamente viven cerca. Muchos nietos pueden ver a sus abuelos sólo una vez o dos al año, y no una o dos veces a la semana.
En general, son las mujeres quienes tratan de mantener los vínculos familiares más fuertes, incluso cuando deben trabajar fuera de casa.
Muchas veces, el tan necesario apoyo de parientes, amigos o compañeros de trabajo no está ahí cuando se lo necesita.

En general, la gente suelen menospreciar el sufrimiento ajeno por la pérdida de un padre anciano: “ya era viejo”, “es la ley de la vida”, “¿y qué esperabas”, como si eso hiciera disminuir el dolor del hijo. Y no se puede dar apoyo a alguien cuyo sufrimiento no queremos ver.
Mucha gente, por otro lado, restan importancia a sus padres ancianos en sus vidas, olvidándose de quienes son y hasta incluso de qué necesitan. La cercanía de la muerte no significa mucho, hasta que llega.

Muchos estudiosos del tema, aseguran que el motivo por el cual no se le da toda la importancia al fallecimiento de los padres es porque la expectativa social es que ellos se vayan antes, diferente de quien sufre la perdida de un hijo, una pareja o un hermano. El mandato social parece ser: “es lo normal, recuperate rápido que no tienes derecho a sufrir por esto”.

En general, las personas de entre 35 y 55, no dejan de trabajar una semana por la muerte de sus padres, y este es un fenómeno que muchos fundamentan en las obligaciones que individuos de esa edad, tienen con sus hijos y resto de la familia, y también en que la sociedad no le otorga la misma importancia a la pérdida de un padre anciano que a la de otro familiar cercano. En otras palabras, parece no tener derecho a acongojarse y pasar por un periodo de duelo.
Es en ese momento, en que se nota la importancia de los amigos y familiares. Cuando la persona está profundamente dolida y no tiene el tiempo necesario para superarlo en soledad.

Otros, en cambio, eligen ampararse en la fe y otros se “tragan” todos sus sentimientos y sufren en silencio. En algunos casos, pueden incluso desencadenarse cuadros severos como una depresión.
Sea como sea, se reconozca o no, nunca dejamos de ser hijos de nuestros padres, tengamos la edad que tengamos.

http://www.enplenitud.com/nota.asp?articuloID=1816

Depresión y Duelo X

Lo perecedero: el duelo y el tiempo
“El historiador griego Heródoto nos refiere que Jerjes, el emperador persa, lloró luego de revisar a su inmenso ejército expedicionario, al darse cuenta que ni uno solo de sus miembros estaría con vida cien años más tarde”. Autor: Fredy R. Aquize Recuerdo que este párrafo me había causado impresión siendo yo adolescente, imaginaba al emperador llorando por la irrespetuosidad del tiempo, un emperador no merecería acatar al mandato de que todo es perecedero, supongo que pensaría eso, porque su poder en cien años no sería nada.
A este recuerdo me llevó otra lectura posterior, “Lo Perecedero” de Sigmund Freud, el creador del psicoanálisis cuenta que lo acompañaba un joven poeta admirador de la belleza que ofrecía la naturaleza, pero en vez de disfrutar de esa belleza que lo circundaba, se preocupaba por que esa belleza estaba condenada a desaparecer en el invierno, igual que toda belleza humana, y todo lo bello y noble que el hombre haya creado y pudiese crear estaba condenada a desaparecer, (vemos que le sucede lo mismo que al emperador Jerjes) y luego agrega Freud, cuanto habría amado y admirado, de no mediar esta circunstancia (ser perenne), parecíale carente de valor por el destino de perecer a que estaba condenado.
Freud niega ante el poeta que el carácter perecedero de lo bello involucrase su desvalorización, al contrario la cualidad de ser perecedero incrementa su valor, las limitadas posibilidades de gozarlo lo tornan mas precioso.
Freud sigue argumentando, llegue una época en la cual queden reducidos a polvo los cuadros y las estatuas que hoy admiramos; sucédanos una generación de seres que ya no comprendan las obras de nuestros poetas y pensadores; ocurra aun una era geológica que vea enmudecida toda vida en la tierra..., no importa; el valor de cuanto bello y perfecto existe sólo reside en su importancia para nuestra percepción; no es menester que la sobreviva y, en consecuencia, es independiente de su perduración en el tiempo.

Pero este discurso no convencía al poeta, por eso dice Freud que una rebelión psíquica contra la aflicción, contra el duelo por algo perdido, debe haber malogrado el goce de lo bello. Mas adelante dice Freud: Así imaginamos poseer cierta cuantía de capacidad amorosa -llamada libido- que al comienzo de la evolución se orientó hacía el propio yo para más tarde -aunque en realidad muy precozmente- dirigirse a los objetos, que de tal suerte quedan en cierto modo incluidos en nuestro yo.
Si los objetos son destruidos o los perdemos, nuestra capacidad amorosa (libido) vuelve a quedar en libertad y puede tomar otros objetos como sustitutos, o bien retornar transitoriamente al yo.
Sin embargo, no logramos explicarnos porque este desprendimiento de la libido de sus objetos debe ser , necesariamente un proceso tan doloroso. Solo comprobamos que la libido se aferra a sus objetos que ni siquiera cuando ya dispone de nuevos sucedáneos se resigna a desprenderse de los objetos que ha perdido.

He aquí, pues, el duelo.
Sabemos que el duelo, por más doloroso que sea, se consume espontáneamente.
Una vez que haya renunciado a todo lo perdido se habrá agotado por sí mismo y nuestra libido quedará nuevamente en libertad de sustituir los objetos perdidos por otros nuevos, posiblemente tanto o más valiosos que aquéllos, siempre que aún seamos lo suficientemente jóvenes y que conservemos nuestra vitalidad.
Pensando en el emperador Jerjes y en el poeta del que habla Freud, el ejército estaba bajo el mando del emperador y la belleza de la naturaleza se ofrecía al poeta y sin embargo malograban el goce de esa circunstancia pensando en lo que aún no sucedió, la pérdida.
Y este es el punto a señalar, la incapacidad para gozar ( que luego de un duelo normal se puede retomar), una inhibición que tiñe la vida de pensamientos tristes y desvalorización de uno mismo que incapacita a amar y producir, puede sostenerse largamente en la vida.
Es aquí donde bajo la forma de una pregunta, de porqué sólo aparece el sufrir en nuestras vidas, y los momentos felices no se dan, porqué la vida para ciertas personas es un largo duelo, o mejor dicho se padece de melancolía, a partir de un cuestionamiento o un padecer no soportable suele empezar el camino de una terapia , que entre otras cosas facilita a aceptar lo perecedero para poder disfrutar lo que se nos ofrece.

Volviendo a la impresión que me produjo el llanto del emperador ante lo inevitable de la muerte, de lo perecedero, tal vez la raíz de esa impresión estaba en el ciclo vital que estaba viviendo, la adolescencia, donde la infancia estaba siendo abandonada, estaba siendo perenne, para vivir otra etapa de transición a la adultez.

http://www.enplenitud.com/nota.asp?articuloID=803