Y si el mal que sientes viniera porque miras atras...
"Ni el futuro ni el pasado existen, y no se puede propiamente decir: hay tres
tiempo: pasado, presente y futuro; Más bien, en propiedad debería afirmarse: los
tiempos son tres: un presente de lo pasado, un presente de lo presente, un
presente de lo futuro. En efecto, estos tiempos son una especie de trinidad en
el Alma y yo no los veo fuera de ella, donde el presente de lo pasado es el
recuerdo, el presente de lo presente el momento, y el presente de lo porvenir la
espectativa "


San Agustín
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miércoles, 28 de enero de 2009

Depresión y Duelo XII

Pérdidas, duelo y pena

Otro grupo de conceptos de utilidad especial en la ayuda de situaciones de tragedias y muertes consiste en los de pérdida, duelo y pena. Los últimos dos casi siempre hacen referencia a la reacción que produce la pérdida, en especial si se trata de la muerte de alguien importante en la vida emocional de la persona. El análisis de la pérdida suele enfocarse en la muerte, pero puede abarcar la destrucción de bienes materiales o el desempleo repentino; la disfunción física, social o psicológica, o la separación respecto de los seres amados. El duelo y pena, por lo tanto, son procesos emocionales que se derivan de la experiencia de pérdida, de manera que los afectados suelen experimentar un proceso de duelo y pena.

Entre muchos otros profesionales, Kübler-Ross ha llamado la atención acerca de la muerte y la reacción psicológica a la misma. Los individuos que enfrentan la inminencia de su propia muerte o la de personas cercanas a ellos pasan por un proceso de cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación (Kübler-Ross, 1976). Se ha dicho que estas etapas no siempre ocurren y que tampoco lo hacen invariablemente en un orden específico; antes bien, las etapas que ocurran y su orden están sujetos a influencia importante de la personalidad y actitud general de la persona hacia la vida (Scheidman, 1976).

Los procesos de duelo y pena, a veces denominados conjuntamente con el término luto, abarcan elementos cognoscitivos y es frecuente que se expresen mediante síntomas físicos y psicológicos. Se inician con el reconocimiento y aceptación de la pérdida. El individuo necesita aceptar la realidad no sólo intelectual sino también emocional mente. Cuando sólo ocurre la aceptación intelectual, las probabilidades de inadaptación emocional son mayores. El proceso de duelo hace que la persona pase sucesivamente por los estados de choque emocional, aflicción aguda y resignación. En el camino, suele padecer molestias físicas o volverse más suceptible a las enfermedades; quizá se retraiga y se vuelva apático, es factible que exprese mayor hostilidad hacia los demás o puede aislarse por completo (Lindemann, 1944).

La descripción de la conducta de luto de las víctimas después del incendio del club nocturno Coconut Grove de Boston, en 1942, muestra muchos aspectos de la conducta que se advierte en los refugios y viviendas temporales después de un desastre que origina pérdidas considerables. Por ejemplo, una reacción predominante es la defensa intensa de la negación, es decir, las víctimas parecen preocuparse por actividades o conversaciones que no abarcan la mención de la pérdida sufrida. Esta reacción tardía al parecer facilita la resolución de emociones incontrolables. Otro ejemplo es el siguiente:
La conducta de la señora S., mujer de 29 años que perdió a su prometido un mes antes de casarse, ejemplifica la reacción tardía de defensa. Un temblor de tierra hizo que cayera un techo y diera muerte a su futuro esposo. La víctima se convirtió en ayudante de la enfermera en jefe del refugio en el área de desastre y se ocupó de mantener en orden la farmacia. Movía los frascos y recipientes de píldoras de una repisa a otra, ordenaba los suministros de primeros auxilios y hacía largas listas de los artículos que se tenían en existencia y los que era necesario reponer. Cualquier mención de su prometido hacia que volteara la cabeza y cambiara el tema; no expresaba signo emocional alguno de su estrés. o tristeza. Sin embargo, tres semanas después fue vista, deprimida y agitada, en un centro de atención de crisis. Había disminuido de peso, no podía dormir y tenía ideas paranoides leves. Con la orientación adecuada, pudo iniciar la aceptación de su pérdida, los sentimientos ambivalentes que tenía hacia su prometido y la ira que le habla provocado esta experiencia.

Otro autor, Peter Marris, ha descrito estos procesos en forma un tanto diferente. Considera el duelo como la expresión social del luto, que usualmente se manifiesta en los hábitos o rituales religiosos. Describe la pena como la sensación de conflicto intenso entre impulsos contradictorios: la necesidad de conservar todo lo valioso e importante del pasado y al mismo tiempo la de comenzar una vida nueva, aceptando la pérdida sufrida. Si el proceso de pena se interrumpe con demasiada prontitud en la búsqueda de reajuste y reintegración inmediatos, o si se continúa en forma interminable con una preocupación incesante por lo perdido, el doliente quizá nunca se recupere emocionalmente. La pena se domina al abstraer lo que reviste importancia fundamental en el sujeto o persona perdida y después enfrentar la vida y aceptar la nueva realidad (Marris, 1975).

Por lo general, se admite que la pena es un proceso que se inicia con tristeza, temor, angustia e ira; se continúa con dolor y desesperación, y usualmente termina con confianza y esperanza renovadas. Estas fases expresan la necesidad de recuperar el vínculo con la persona o el objeto perdidos, incluyen desorganización personal y desequilibrios emocionales, y concluyen con la reorganización y adaptación (Bowlby, 1961). Cuando se pierde a una persona con la que se tenía un vínculo íntimo, la naturaleza, gravedad y resultado del proceso de pena dependen de muchos factores. Entre éstos, se incluyen la relación que había con la persona perdida; la personalidad, estado de salud y edad del doliente, y su situación social y económica al momento de ocurrir la pérdida (Gut, 1974).

Como se señaló, el duelo y la pena pueden relacionarse con otras pérdidas, además de las derivadas del fallecimiento de una persona. También suele haber una sensación de pérdida como resultado de la incapacidad para lograr objetivos o conservar la libertad o independencia, altamente valoradas. Los sentimientos resultantes de desilusión, privación o fracaso generan fuerzas dinámicas con consecuencias de importancia. Estas suelen contribuir a estados patológicos y afectar los logros de la persona. En este sentido, la pérdida también origina algún tipo de duelo o pena. Por ejemplo, un anciano puede experimentar una sensación intensa de pérdida como resultado de la disminución de su funcionamiento fisiológico en forma relacionada con la edad (Rochlin, 1965).

La pérdida repentina por desintegración o reubicación de familias también origina un proceso de pena y angustia intensa. Un autor señaló que un proyecto de reconstrucción de barrios bajos en Nigeria hizo que las familias sintieran que habían perdido el ambiente conocido de sus barrios y las relaciones sociales que habían trabado a lo largo de los años. La pena fue una reacción común en las personas afectadas (Marris, 1975). Fried hace un señalamiento similar con relación a la ciudad de Boston, donde un grupo de damnificados italoestadounidenses lamentó la pérdida de sus hogares, barrios y vínculos sociales. La familiaridad y estructura de tales vínculos pocas veces se reestablece en un medio nuevo y desconocido, de modo que las personas reubicadas muestran diversos síntomas, incluidos los de ira, sensación de impotencia, trastornos somáticos y tendencia a idealizar la vivienda perdida (Fried, 1963).

Es lógico suponer que todos los damnificados experimentan pérdidas en grado variable. Por supuesto, las más graves consisten en la pérdida de seres amados. El duelo y la pena por esta pérdida se complica con el efecto caótico del desastre, que puede incluir las pérdidas adicionales por destrucción de bienes materiales, reubicación en otra zona y desempleo. Muchos desastres no originan muertes numerosas pero si privan a los damnificados de sus hogares, recuerdos, barrio y fuente de ingresos. En tales casos, cabe esperar que las personas experimenten una sensación profunda de pérdida, que origina el proceso de duelo y pena. Esto se agrava con el saqueo y el vandalismo que suelen seguir al desastre.

http://www.emocionol.com/perdidaduelopena.htm

Depresión y Duelo XI

Cuando los padres se van: un desafío duro para los mayores de 40

Este tipo de sucesos suele afectar muy profundamente a los hijos adultos y, aunque es parte del ciclo de la vida, nadie puede resolverlo sin pasar por un periodo de duelo y tristeza, contando con el apoyo de los seres queridos. Según una investigación reciente, la muerte de los padres es la pérdida de un familiar más frecuente, teniendo en cuenta que cada año el 5% de la población mundial pierde a uno de sus padres y la mayoría de ellos (los hijos) tienen entre 35 y 55 años.
Estas son las personas que sufren hoy el duelo por la pérdida de sus padres...¿Pero por qué se dice que ellos sufren más de lo que se sufría en otras épocas?
La respuesta es que la expectativa de vida es mucho más amplia que en décadas pasadas. Los hijos coinciden mucho más con sus padres y viven muchas más cosas juntos, se relacionan con mayor intimidad
La forma de conocerse y tratarse ha cambiado mucho, y el afecto comenzó a evidenciarse con mucha más claridad. Antes de la década del `40, existía mucho respeto entre padres e hijos y las cosas eran diferentes.
Hoy en día, los padres ya no viven con sus hijos adultos y, a diferencia de generaciones pasadas, no necesariamente viven cerca. Muchos nietos pueden ver a sus abuelos sólo una vez o dos al año, y no una o dos veces a la semana.
En general, son las mujeres quienes tratan de mantener los vínculos familiares más fuertes, incluso cuando deben trabajar fuera de casa.
Muchas veces, el tan necesario apoyo de parientes, amigos o compañeros de trabajo no está ahí cuando se lo necesita.

En general, la gente suelen menospreciar el sufrimiento ajeno por la pérdida de un padre anciano: “ya era viejo”, “es la ley de la vida”, “¿y qué esperabas”, como si eso hiciera disminuir el dolor del hijo. Y no se puede dar apoyo a alguien cuyo sufrimiento no queremos ver.
Mucha gente, por otro lado, restan importancia a sus padres ancianos en sus vidas, olvidándose de quienes son y hasta incluso de qué necesitan. La cercanía de la muerte no significa mucho, hasta que llega.

Muchos estudiosos del tema, aseguran que el motivo por el cual no se le da toda la importancia al fallecimiento de los padres es porque la expectativa social es que ellos se vayan antes, diferente de quien sufre la perdida de un hijo, una pareja o un hermano. El mandato social parece ser: “es lo normal, recuperate rápido que no tienes derecho a sufrir por esto”.

En general, las personas de entre 35 y 55, no dejan de trabajar una semana por la muerte de sus padres, y este es un fenómeno que muchos fundamentan en las obligaciones que individuos de esa edad, tienen con sus hijos y resto de la familia, y también en que la sociedad no le otorga la misma importancia a la pérdida de un padre anciano que a la de otro familiar cercano. En otras palabras, parece no tener derecho a acongojarse y pasar por un periodo de duelo.
Es en ese momento, en que se nota la importancia de los amigos y familiares. Cuando la persona está profundamente dolida y no tiene el tiempo necesario para superarlo en soledad.

Otros, en cambio, eligen ampararse en la fe y otros se “tragan” todos sus sentimientos y sufren en silencio. En algunos casos, pueden incluso desencadenarse cuadros severos como una depresión.
Sea como sea, se reconozca o no, nunca dejamos de ser hijos de nuestros padres, tengamos la edad que tengamos.

http://www.enplenitud.com/nota.asp?articuloID=1816